Irene Zoe Alameda

Artículos Culturamas

  • Lunes, 26 Junio, 2017

    Con tres semanas de retraso con respecto al estreno mundial llega a las pantallas españolas la segunda película de la directora Patty Jenkins (Monster, 2004), quien ha pasado trece años esperando una nueva oportunidad de demostrar su prodigiosa destreza para crear personajes veraces y profundos, dentro de una narrativa dinámica y adictiva. El guion, firmado por el productor televisivo Allan Heinberg, está erigido sobre una elegante interrelación entre mito e historia, lo que simplifica la diatriba bien-mal sin necesariamente resultar en un argumento ingenuo o estúpido, un peligro en el que han caído algunas cintas de súperhéroes.

     

    Es imposible subestimar la importancia de Wonder Woman dentro de la historia del arte contemporáneo: estamos ante el advenimiento de una nueva etapa en la tan ansiada igualdad de género, siendo el cine hoy en día uno de los medios de mayor impacto en la sociedad. No solo se trata de una historia más (creada en 1941) de la factoría DC Comics llevada a la gran pantalla: se trata del fin del prejuicio que disuadía a las productoras de poner en el centro de las tramas a un personaje femenino, y se trata de la consagración de un nuevo tipo de protagonista –mujer- con luces y sombras, capaz de evolucionar a lo largo de su travesía. Lo que la tetralogía de los Juegos del hambre inició en 2012 lo ha consagrado definitivamente esta película.

     

    El filme cuenta con pasajes rutilantes que se quedan grabados en la retina del público, como los que se desarrollan en la isla de Themyscira. Lo novedoso de la propuesta es que el atractivo, irresistible, de las amazonas reside en su dureza y en su poder, no en su dulzura ni en su vulnerabildad. Robin Wright, en el personaje de Antiope, tía de la princesa Diana, pese a aparecer unos pocos minutos en la pantalla, deja una huella indeleble. Por otra parte, divertida por obvia y también por audaz es la secuencia en la que una Diana Prince / Wonder Woman de incógnito y hasta con gafas–Gal Gadot- camina por el Londres Londres de la II Guerra Mundial junto a Steve Trevor –Chris Pine- y es atacada por unos criminales. La directora consigue emular, invirtiéndola con sutil ironía, la vieja escena de 1978 en la que Superman es atacado junto a Lois Lane en Metropolis.

     

    Wonder Woman es un producto sencillamente perfecto: reúne dosis de humor, acción, romance y suspense. Aunque el diseño de producción no es sobresaliente –a excepción de Themyscira- y a veces pesa demasiado tanta posproducción digital-, la muy trabajada dirección de actores (David Thewlis, Elena Anaya y Dany Huston encarnan magistralmente a los villanos) consigue dotar a la obra del suficiente peso como para que la audiencia atienda a los avatares de los personajes.

     

    No me cabe la menor duda de que en poco tiempo tendremos la siguiente entrega de las aventuras de esta entrañable y admirada heroína. La esperamos con ansia, con la certeza de que su presencia feminista en nuestro mundo, y su influencia en las mentes de nuestras niñas y niños, hará mucho, mucho bien.

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  • Lunes, 5 Junio, 2017

    El próximo viernes día 2 de junio se estrena Norman, subtitulada en español como  “El hombre que lo conseguía todo”, en su versión original “Moderado auge y trágica caída de un conseguidor neoyorquino”.

     

    La cinta narra las humillantes y paradójicas peripecias de Norman Oppenheimer, un pretendido hombre de negocios que logra entablar una relación de amistad con Micha Eshel, un prometedor político que, tres años más tarde, se convierte en el primer ministro de Israel. Con el advenimiento de Eshel al poder, Norman pasa a ser, sin pretenderlo, una figura influyente de la esfera política internacional.

     

    Dejando de lado su reparto de ensueño, tan del gusto del cine underground de la costa Este –Michael Sheen, Lior Ashkenazi, Steve Buscemi, Charlotte Gainsbourg, Dan Stevens, Hank Azaria, Scott Shepherd, Isaach De Bankolé-, el interés de la cinta reside en la filiación artística del enigmático protagonista, pariente cercano del mítico escribiente Bartleby de Melville, o de los personajes de las historias de Franz Kafka, de Saul Bellow y de Isaac Bashevis Singer en el terreno literario; descendiente claro en el celuloide del hilarante e impávido jardinero Mr. Chance de Being There, del simplón y adorable Forrest Gump, o de algunos sujetos de las comedias de Mel Brooks y los hermanos Cohen. No obstante, la incapacidad del personaje interpretado por Richard Gere para invocar simpatía o ternura en el espectador sitúa esta obra en las antípodas de sus referentes.

     

    En efecto, a diferencia de sus predecesoras, esta película fracasa a la hora de despertar interés por los avatares que le sobrevienen al obstinado Norman. Allá donde audiencia empatizaba genuinamente con Mr. Chance en una borrachera de incredulidad, curiosidad y admiración, la audiencia de Norman se aburre como una ostra. El principal motivo de que el filme no funcione no es el actor principal (quien guiado por el director consigue borrar todo rastro de psicologismo en su personaje), sino un guión que flirtea con la comedia sin abordarla y que olvida que, para que las historias resulten atractivas, sus héroes deben exhibir rasgos con los que de un modo u otro los espectadores nos podamos sentir identificados. Es posible que el empeño del director por subrayar las crecientes barreras culturales que separan a los judíos americanos (miembros de la diáspora) de los colonos de la Tierra Prometida le haya llevado a convertir a Norman en el mero arquetipo del amable y desprendido judío errante del folclore semita… y los arquetipos no transmiten emoción.

     

    Precisamente, si acaso, el secreto del éxito de personajes tan extremos e inusitados como Forrest Gump es que todos albergamos una parcela dentro de nosotros que podemos ver retratada en ellos: en la certeza de vivir a merced del destino, de no estar a la altura de las circunstancias, de ser tomados por quienes que no somos, de ser malinterpretados –para bien o para mal-… todos nosotros, al fin y al cabo, nos podemos ver ahí, y la magia de la ficción es que nos invita a transitar por un universo extraño pero verosímil, ya sea un espacio temido, deseado o secretamente invocado por nuestro afán.

     

    Desgraciadamente, el Norman de Joseph Cedar no logra invocar ninguna ensoñación íntima: despojado de biografía y de características propias, sin siquiera ser un fantasma o una máscara, el protagonista está totalmente vacío. Tal es el ahínco con el que el director y guionista construye a un individuo impertérrito y hueco, que no nos deja el más mínimo espacio para nuestra proyección. Así, pasados diez minutos de metraje lento e inhóspito, lo que le ocurre al judío neoyorquino nos importa, literalmente, un pito. Ni siquiera el encuentro de Norman con su doble (en el estrafalario personaje de Hank Azaria) ni la pretendida catarsis final logran borrar de la mente del espectador la certeza de que no ha invertido bien ni las dos últimas horas ni el precio de la entrada.

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  • Lunes, 5 Junio, 2017

    Ayer se emitió en EE UU el último episodio de The Leftovers, una de las series más complejas y líricas de HBO, que se encuadra dentro de la tradición de lo que llamaré “realismo mágico” norteamericano. Pese a los avisos por parte de los creadores, Tom Perrotta y Damon Lindelof, de que la temporada final no ofrecería respuestas, lo cierto es que sí las ofrece, y a esas respuestas se une una sensación de cierre perfecto que aboca a la euforia.

     

    No es The Leftovers una serie para cualquiera; muy al contrario, se trata de una propuesta que selecciona a su público desde el primer minuto, y unos la aborrecerán tanto como otros la admiramos. ¿Su punto de partida? El 2% de la Humanidad (140 millones de personas) se esfumó el día 14 de octubre de 2011. En ese mundo, casi igual al nuestro pero post-apocalíptico, se sitúa la historia del jefe de la policía de Mapleton, Kevin Garvey (Justin Theroux), padre de dos hijos adolescentes y cuya esposa Laurie (Amy Brenneman) lo ha abandonado para unirse a una secta nihilista cuyo objetivo es asegurarse de que nadie olvidará a quienes se fueron.

     

    La distribución de capítulos es altamente audaz, pues los guionistas deciden interrumpir el curso de la trama para convertirlos en estudios monográficos de los personajes que irán contribuyendo de formas azarosas o predestinadas a la materialización de una profecía autocumplida. Así, ya avanzada la primera temporada, hará acto de aparición el personaje central de Norah Durst (Carrie Coon), ulterior pareja de Kevin y el elemento de mayor conexión emocional con esa parte escéptica que cualquier espectador guarda ante una ficción de carácter tan fantástico como esta.

     

    El recorrido temporal de la historia de Kevin Garvey y Norah Durst se alargará durante veinticuatro años, si bien la práctica totalidad de los veintiocho capítulos se centrará entre los tres y los siete años posteriores al evento sobrenatural que dispara el argumento. Uno de los grandes aciertos de la producción es la música de Max Richter, que crea una sintonía heredera de las bandas sonoras de Michael Nyman (viene a ser un preludio musical del leit motiv de El piano) y que educa al espectador hasta evocar una respuesta conmocionada en los momentos dirigidos por el equipo de realizadores.

     

    Concebida a partir de los esquemas del Infierno y el Purgatorio de Dante, la obra en sí constituye una invitación a la catarsis desde el hecho incomprensible de la muerte. Si bien los personajes de The Leftovers parecen los supervivientes afortunados de un suceso dramático, conforme nos adentramos en sus vidas nos preguntamos si no serán ellos los restos, las personas sobrantes (eso es lo que significa el título), los que en realidad se han esfumado. ¿Quiénes siguen aquí y quiénes se han marchado? Esa paradoja tan kafkiana tiñe de infelicidad a cuantos deben seguir adelante con sus vidas después de haber perdido a los suyos sin saber cómo ni por qué. Es tal el dolor por la falta de respuestas, que nos convencemos al final de la primera temporada de tener la enorme suerte de habitar en un mundo en el que los muertos nos dejan un cadáver que nos permite dar por concluido un ciclo. Al ver la serie, llegamos a comprender con alivio que la pérdida que todos experimentamos es sin duda mejor que eso…

     

    En esa inconclusión sin duelo se regodea una segunda temporada, en la que se hace patente la encarnación del Infierno dantesco en Kevin (a quien literalmente Virgil –Steven Williams- le da la entrada al universo de los muertos), y del Purgatorio en Norah (que busca el acceso al espacio de los desaparecidos); y esas dos alternativas en el modo de lidiar con el acabamiento llevan a una inesperada bifurcación. A partir de esa separación, que conduce a la tercera temporada y a los viajes metafísicos y épicos de ambos personajes, se plantea el desenlace como una llegada al Paraíso, en uno de los finales más románticos y satisfactorios de la historia de la televisión.

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  • Viernes, 17 Febrero, 2017

     

    Llega por fin a España El nacimiento de una nación, del productor, guionista, director y actor Nate Parker. Cuando hace algo más de un año todos los miembros del público aplaudíamos de pie y sobrecogidos su glamuroso estreno en Sundance, estábamos convencidos de que aquella sería la obra que arrasaría en los Oscar de 2017. El primer largometraje de un actor de segunda ganaba el festival en un éxito tan sin precedentes que la distribuidora Fox Searchlight compró la cinta por la friolera de 17.5 millones de dólares. Era admirable, milagroso, que una película de bajo presupuesto y ajena a Hollywood lograra una manufactura tan impoluta y arrebatadora.


    El nacimiento de una nación presenta el biopic de Nat Turner, un esclavo predicador extraordinariamente inteligente y culto que terminó sublevándose contra el status quo, y reclutó una milicia negra que asesinó a unos sesenta esclavistas en 1831 en Virginia.

     

    Los enemigos de la película –que rugieron en masa a través de las redes sociales en los EE UU hasta silenciarla- llevan décadas repitiendo que no existen pruebas de que los dueños de las plantaciones cometieran actos de crueldad contra sus esclavos, por lo que obras como esta solo servirían para justificar lo injustificable: que los negros hicieran uso de la violencia en su lucha por la libertad. Es cierto que sobre episodios históricos como el de la esclavitud apenas contamos con vestigios de la barbarie blanca, pero eso no significa que no existiera. Los supremacistas, al igual que los negacionistas del Holocausto, se han aprovechado de la falta de supervivientes y de pruebas para denunciar un supuesto complot por parte de las minorías contra ellos. De esa teoría, por ejemplo, se benefició en campaña el actual presidente de los EE UU. No obstante, esa postura es intolerable porque es injusta y porque falta a la verdad: es un hecho que los blancos sometieron a las personas de raza negra y las privaron de libertad, y sabemos que la esclavitud fue un periodo oscuro de América. La historia de la mitad de la población ha sido desplazada de los libros durante siglos, y artistas como Nate Parker se esfuerzan hoy por rescatar la voz de quienes también contribuyeron al nacimiento de su nación.

     

    Parte de la controversia que despertó el filme se debió también a su título, con el que el director ejerce un contrapeso a la obra homónima de Griffith, que en 1915 ensalzaba el surgimiento del Ku Kux Klan (por cierto, también gran apoyo del presidente Trump) y denigraba a los negros, a quienes retrataba como imbéciles y violadores. En un acto de apropiación audaz, Parker elige el mismo título y rinde un “anti-homenaje” al viejo director racista rescatando la dignidad de un personaje enterrado por la historia. Los parecidos entre las dos obras son nulos, de modo que el título simplemente constituye una gruesa ironía conceptual.

     

    Puede que, sin esos alardes reivindicativos, Parker hubiese evitado o al menos limitado algo del acoso que sufrió cuando se inició la promoción de su película. La ulterior y masiva campaña de desprestigio contra su persona fue tan agresiva que el estreno en cines hubo de ser pospuesto. Tachada de “controvertida”, la cinta apenas logró arrastrar a gente a las salas, y a día de hoy es uno de los mayores “flops” de Fox.

     

    La realidad innegable es que se trata de una buena película y que, si bien carece de originalidad (en ocasiones parece un calco de Braveheart ), logra su objetivo de mostrar otra cara de la historia y de conmover al espectador hasta la médula. De cinematografía exquisita, suprema dirección de actores, casting excelente, con un ritmo de montaje perfecto y una banda sonora emocionante, es una obra que la audiencia agradecerá ver en pantalla grande.

     

    Recomiendo a todo el que quiera ver una buena película este año que vea El nacimiento de una nación. Al margen de toda la polémica que ha despertado por motivos ajenos a su calidad, es necesario que sean los espectadores quienes juzguen si merecía o no la pena. En mi opinión, sí.

     

    El nacimiento de una nación ( The Birth of a Nation ) - Trailer español

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  • Viernes, 18 Noviembre, 2016

    Cartel de la película La llegada, de Denis Villeneuve

     

    Se estrena La llegada, la nueva cinta del director Denis Villeneuve (Incendios, Sicario), y con ella da comienzo el desfile de películas que estarán en el selecto club de las nominadas a los Oscar. El guión es una adaptación de la premiada novela corta Story of Your Life (La historia de tu vida) de Ted Chiang.

     

    La llegada reúne de forma soberbia dos narrativas que poco a poco se van alimentando la una a la otra: por un lado, la de la vida íntima de una mujer –encarnada por Amy Adams- que ha perdido a su hija adolescente; por otro, la que recoge la faceta profesional de la doctora Louise Banks, reputada profesora de lingüística a la que el ejército estadounidense recluta para que colabore con una alianza internacional en la traducción del lenguaje de los alienígenas que han llegado a la Tierra.

     

    Se trata este de un filme complejo, pues si bien por un lado su lenguaje audiovisual se acomoda al tempo pausado de la mayúscula tarea intelectual al que se enfrenta la protagonista, por otro se ve salpicado de forma irregular por los recuerdos o ensoñaciones que surgen de una existencia pasada o prospectiva. 

     

    A esos dos niveles de conciencia se superpone un contexto muy en línea con la sobrevenida “era Trump”: un mundo encaminado a la autodestrucción de la mano de líderes insensatos que se niegan a tender puentes de comunicación entre sí y con los extraterrestres.

     

    Aunque es esta una “peli de alienígenas, heptápodos que en este caso tienen forma de pulpos gigantes, no es una obra que vaya a gustar a quienes esperen trepidantes sorpresas. Es, por el contrario, una exploración poética de algunas hipótesis de la ciencia especulativa: ¿podríamos entendernos realmente con los extraterrestres? ¿Serían traducibles lenguajes surgidos de inteligencias y planetas dispares, y en estadios de civilización distintos? ¿Qué ocurriría si se añadiera una dimensión temporal no lineal al pensamiento?

     

    El resultado del ”e La llegada de as”compensa de suambicisupuesto y suesuelta.as dispares? ?eden marcar la va confusager en lo que la ciencia espplanteamiento de preguntas tan profundas es esta rara joya. Solo quienes aguanten hasta el final acariciarán la sutil recompensa de su paradójico desenlace. No obstante, vistos el desorbitado presupuesto de La llegada y sus tímidas cifras de recaudación en los EE UU, parece que tanta ambición va a suponer el primer flop del director canadiense.

    LA LLEGADA (ARRIVAL). Tráiler oficial en español HD. Ya en cines.

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  • Jueves, 20 Octubre, 2016

    Cartel de la película El Contable

    La chica del tren y El contable

     

    Se estrenan este fin de semana dos películas relativamente entretenidas con dos estrellas rentables en su reparto; una de ella, La chica del tren, basada en el best seller de Paula Hawkins, y la otra, El contable, en el guión “maldito” de Bill Dubuque –uno de esos proyectos que circula durante años por las productoras sin que nadie lo rechace y sin que nadie lo escoja-.

     

    Sin dejar de ser disparatados en mayor o menor medida, ambos filmes cumplen la función de mantener al público visitando las salas en estas primeras semanas del otoño, previas a la llegada en masa de las películas que sí optarán a los Oscars. Se trata,pues, de “los restos” de Hollywood, producciones de presupuesto ajustado y cuyo único gancho son actores de cierto tirón pero que no llegan a la categoría de consagrados. Productos decentes, conservadores financieramente desde su origen, en previsión de que el resultado final sea fallido –como es el caso-.

     

    Que La chica del tren sea una película aburrida es tal vez la consecuencia natural de una novela facilona pero eficaz. Es difícil achacar a un solo motivo el fracaso resultante: ¿Un director, Tate Taylor, incapaz de crear suspense? ¿La actuación grotesca por parte de Emily Blunt, que se empeñó en interpretar a la alcohólica y obsesiva Rachel Watson y para ello persiguió al director hasta salirse con la suya? ¿Un casting disparatado en el que el desfile de actores reputados carece de carisma y es desaprovechado por un guión caótico e insípido?

     

    Ni siquiera el desenlace, tan gore y catárquico del original literario es recogido en la cinta, con lo que los fans del libro se quedarán desencantados y el resto de los espectadores francamente indiferentes. Tan inverosímil es el cambio moral de la protagonista como las motivaciones de las otras dos mujeres de la trama. Como consecuencia, la representatividad del trio femenino de la novela homónima –la ex abandonada, la esposa abnegada y la mujer fatal- queda perdida en un filme insustancial.

     

    El contable es una película algo más digna: el planteamiento es atractivo, el reparto acertado –el hierático Ben Affleck interpreta a un Asperger (¡voilà!), la anodina Anna Kendrick a una joven contable y el versátil J. K. Simmons a un burocrático policía- y la dirección se ajusta al ritmo y al desarrollo de los giros de la historia. Gavin O’Connor introduce astuta y sagazmente el humor en momentos en los que el argumento pega saltos tales que, en manos de cualquier otro, habrían hecho al público levantarse de la butaca. Así es como logra articular a un protagonista hermético con serios problemas de socialización que es a la vez a un luchador infalible y justiciero.

     

    En fin: dos pelis de trámite para animar la espera de las nominadas a los Oscars.

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  • Jueves, 13 Octubre, 2016

    Cartel de la película Snowden, de Oliver Stone

     

    Snowden, de Oliver Stone 

     

    Aunque Oliver Stone ha rebajado el tono de sus intervenciones en contra de lo que él considera la tiranía del gobierno norteamericano, su activismo sigue intacto en su obra. Con Snowden ha logrado comprimir y presentar la vasta y enmarañada información que rodea el asunto de la vigilancia y el allanamiento de la intimidad por parte de las autoridades.

     

    Para gran decepción de muchos, a la gran mayoría de los estadounidenses les pasaron desapercibidas las revelaciones de Edward Snowden y sus formidables consecuencias en la política de defensa norteamericana. Los hechos -que la sección 215 del Patriot Act otorgaba a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) poderes absolutos para recopilar emails, llamadas telefónicas y datos acerca de las comunicaciones de los estadounidenses y de algunos ciudadanos y gobiernos extranjeros-, cayeron en la desafección pública en virtud de la propaganda gubernamental lanzada por Obama. Al frente de esa estrategia estuvo la Secretaria de Estado Hillary Clinton, que jugó con acierto a confundir al joven contratista con un traidor, con un hacker que vendía secretos de Estado, e incluso con el líder de Wikileaks.

     

    El resultado de los actos de Snowden es no obstante palpable y heroico: no solo no filtró ni vendió ningún secreto, sino que en 2015, dos años después de demostrar que la NSA estaba jugando a ser el Gran Hermano, logró que el Senado sustituyera el siniestro Patriot Act de Bush por el Freedom Act, que precisamente limita el margen de maniobra de la NSA.

     

    El mismo Snowden, convertido hoy en icono pop sobre todo fuera de las fronteras del país que lo aguarda para llevarlo a juicio por alta traición, admitía en abril del año pasado ante John Oliver que es un reto expresar en pocas palabras un conocimiento sobre la red que requiere años de entrenamiento técnico. Y ahí reside la clave para entender que en los EE UU no haya tenido lugar aún el necesario debate público sobre el dilema “privacidad vs. seguridad”.

     

    Ahora, el director norteamericano estrena Snowden, una película desprovista de artificio protagonizada por Joseph Gordon-Lewitt y Shailene Woodley. A partir de un solvente trabajo de síntesis en el guión, que reúne únicamente los datos esenciales sobre el asunto, Stone consigue una cinta de estilo directo y digerible por el gran público, supeditada al servicio de un mensaje: delegar ciegamente nuestra protección en los políticos conllevará al recorte de nuestras libertades fundamentales.

     

    Ahí donde el oscarizado documental Citizenfour de Laura Poitras caía en la complejidad, la ficción de Stone reúne una selección de motivos escueta y eficaz, como en el pasaje en el que, en virtud de la Library Records Provision, un directivo de la NSA logra reunir secretos clave para la extorsión y su lucro personal. En otra secuencia, un compañero de Snowden activa a distancia el ordenador de una atractiva mujer de Oriente Medio para espiar cómo se desnuda antes de acostarse. No cabe pensar en secuencias más certeras para despertar nuestras conciencias y demostrarnos que terceras personas se han introducido en nuestras vidas con el beneplácito del gobierno estadounidense.

     

    En una sociedad en la que el 46% de la gente ha declarado no estar “nada preocupada” por las estrategias de privacidad en la era “post Snowden”, películas de consumo masivo como esta constituyen un despertador ciudadano que contribuye a la salud del sistema.

     

    Una democracia sana nos exige que conozcamos las leyes y vigilemos a las autoridades. No hacerlo conduce indefectiblemente a la tiranía.

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  • Lunes, 10 Octubre, 2016

    Portada de la revista El Viejo Topo para el número de junio de 1979

     

    IRENE ZOE ALAMEDA

    10 octubre 2016

     

    Desde que Shakespeare utilizara la figura en Hamlet hasta Rosa Luxemburgo, pasando por Hegel y Marx, el “viejo topo” es la metáfora de esas fuerzas subterráneas que alientan el progreso de forma lenta pero imparable; la encarnación de ese humanismo transformador que, de forma inesperada, emerge haciendo patentes los cambios definitivos en la superficie de la historia. Hace ahora cuarenta años veía la luz el primer número de El Viejo Topo : tres jóvenes “insensatos” (en palabras del cofundador, Miguel Riera) lograron obtener el permiso del Ministerio para publicar una revista político-cultural innovadora y underground, un trabajo colectivo que ha sabido promover el debate a lo largo de cuatro décadas de lucha, transformación, conformismo y esperanza.

    ¿Cuándo decidiste ponerte al frente de El Viejo Topo?

    Al principio, en su fundación, fuimos tres repartiéndonos la responsabilidad. Josep Sarret, Claudi Montañá y yo mismo iniciamos el camino. Lo reanudé formalmente yo solo en 1993. Y digo formalmente porque en realidad el Topo es fruto de las decenas y decenas de colaboradores que han aportado generosamente su trabajo. Es un proyecto colectivo, aunque mi nombre lo encabece.

     

    En el posfranquismo las fuerzas de izquierda eran múltiples. Nosotros pretendimos crear una plataforma que pudiera ser semilla de la unidad de acción

     

    Háblanos del criterio que rige los numerosos sellos que diriges o editas ( El Viejo Topo, Montesinos, Piel de Zapa y Biblioteca Buridán)

    El Viejo Topo es obviamente un sello que prioriza lo político, entendiendo esta palabra en su sentido profundo y no como politiquería. Nos interesa la reflexión más que la descripción de acontecimientos. Una reflexión que puede abarcar al conjunto de las Ciencias Sociales.

    Montesinos fue un sello creado cuando abandoné el Topo, en el año 80. Ahí hay de todo: novela clásica y contemporánea, libro de divulgación universitaria, ensayo… con los años se ha convertido inadvertidamente en un sello de amplio espectro. Esa heterogeneidad, que a mí acabó por producirme cierta insatisfacción,  es la causa de la creación de Piel de Zapa, donde hay solo literatura, y de alta calidad desde el punto de vista de la creación literaria.

    Biblioteca Buridán pretende estar en la órbita de lo que John Brokman bautizó como Tercera Cultura, en la estela de la tercera cultura que reclamó C. P. Snow. Se trata de vincular la cultura humanística con la científica. La creación del sello fue una propuesta de Josep Sarret.

     

    El Viejo Topo prioriza lo político, entendiendo esta palabra en su sentido profundo y no como politiquería. Nos interesa la reflexión más que la descripción de acontecimientos

     

    ¿Son El Viejo Topo y Quimera –la revista literaria que editas– complementarias?

    Dirigí Quimera durante sus primeros 18 años, y estoy particularmente orgulloso de esa etapa. Creo que gracias a colaboradores de un nivel extraordinario pudimos hacer una revista de gran calidad. ¿Revistas complementarias? Todo lo que circula en el ámbito cultural es complementario, nos complementamos unos a otros, incluido Culturamas; en ese sentido sí lo son.

     

    ¿Cómo se articula el vínculo entre cultura y política que propugna El Viejo Topo?

    La derrota política que vivimos desde hace tiempo fue primero una derrota cultural. Entiendo aquí por cultura no solo el nivel de conocimientos, sino también la forma de entender la vida, los comportamientos en la sociedad, la forma de organizarse, los valores dominantes, la capacidad de articular pensamiento crítico, pensamiento propio. El Viejo Topo intenta estimular ese tipo de pensamiento, dar herramientas para pensar. A quien desarrolla un pensamiento crítico es más difícil que la política –mejor llamarla politiquería– le engañe.

     

    ¿Puedes hablarnos sobre cómo ha cambiado el perfil de los universitarios españoles en las últimas décadas? ¿Cómo lo ha reflejado vuestra revista?

    Desgraciadamente el nivel, salvo las consabidas excepciones, ha descendido considerablemente. Creo que la frase “tenemos la generación mejor preparada de la historia” es puro camelo. Naturalmente, la culpa no es de los propios universitarios, que bastante hacen con sobrevivir a la miseria intelectual que campa a sus anchas en todo el país sin ejemplos que los motiven. Es todo el sistema lo que es perverso, desde la televisión al mundo educativo. Con las consabidas excepciones, claro. En cualquier caso, es evidente que los intereses culturales, políticos, incluso artísticos de las generaciones más jóvenes están con frecuencia alejados de los de anteriores generaciones. No sé si la revista ha sido capaz de reflejar esto.

     

    Háblanos de la evolución de las líneas editoriales de la revista a lo largo de estas cuatro décadas.

    Cuando diseñamos el proyecto Franco aún vivía, pero no pudimos estar en quioscos hasta después de su muerte. En el posfranquismo había que combatir para alcanzar la democracia, y las fuerzas de izquierda, que eran múltiples, se tiraban los trastos entre sí, perdiendo tiempo y energías en ello. Nosotros pretendimos crear una plataforma en la que todos pudieran confluir y debatir, que pudiera ser semilla de la unidad de acción.

    Después las cosas cambiaron; estábamos en democracia, una democracia imperfecta que funcionaba a trompicones, con asuntos tan feos como la demolición por intereses políticos de empresas estratégicas, navieras, metalúrgicas, etc. , o el ingreso en la OTAN. Pero se tornó irrespirable con los GAL y la corrupción. La revista tomó entonces un rumbo más crítico con el sistema. Y así hasta ahora, sin compromisos.

     

    A quien desarrolla un pensamiento crítico es más difícil que la política –mejor llamarla politiquería– le engañe.

     

    ¿Cuál ha sido la evolución del activismo en los últimos años? ¿Cómo se puede incitar a la participación en un momento de desapego político como el actual?

    Hasta los ochenta el activismo político, cultural, sindical, etc. creció y actuó con mucha intensidad. Pero los partidos mayoritarios de la izquierda desactivaron las organizaciones desde el inicio de la transición. Las asociaciones más activas fueron perdiendo a sus mejores elementos. En el campo cultural se promovió el espejismo, como con la famosa movida madrileña, imitada en otras partes. La consecuencia ha sido una travesía del desierto que parecía eterna hasta que irrumpió un manantial que sorprendió a propios y extraños: el 15 M. A partir de ese momento todo cambió,  afortunadamente. El activismo –que nunca se había ido del todo, eso es verdad– regresó con fuerza.

     

    La lectura y la reflexión son ejercicios solitarios, sin embargo las redes sociales llaman a la distracción y la extroversión. ¿Hay algún modo de enganchar en la lectura a los jóvenes a través de las nuevas tecnologías? ¿Qué estáis haciendo a ese respecto?

    Según las últimas encuestas casi el 40 por ciento de los españoles confiesan leer poco o nada, ni siquiera en pantalla. Buena parte de los jóvenes están enganchados y leen en las redes, algo es algo. Pero la red se caracteriza por la brevedad, el impacto, y muchas veces por la superficialidad. No creo que las nuevas tecnologías vayan a impulsar la lectura profunda, de nuevo con las consabidas excepciones.

    A pesar de ello el Topo publica artículos en la red (Topo Express), y muchos de sus libros pueden leerse en forma digital. Los artículos son ampliamente leídos, pero las cifras de venta de los libros electrónicos son irrisorias.

     

    Caos y parálisis, ¿quién dice esas tonterías? Quien lo dice rehúye el debate porque teme perderlo.

    La discusión colectiva, que alentáis desde portales como La Comuna, es un modo de ejercer la democracia al más puro estilo socrático. Sin embargo, el mensaje que nos llega por doquier es que eso conduce al caos y a la parálisis política…

    Caos y parálisis, ¿quién dice esas tonterías? Quien lo dice rehúye el debate porque teme perderlo.

     

    Tras cuarenta años de activismo, seguramente podréis contestar a esta pregunta: ¿Hay espacio para el optimismo? ¿Avanzamos más de lo que retrocedemos?

    Por supuesto que hay espacio. Cuando empezamos el Topo a los homosexuales los metían en la cárcel. Las mujeres eran propiedad de sus novios, maridos o amantes. Del aborto ni hablemos. No existía la menor preocupación por los problemas ambientales. Los derechos humanos eran frases en un trozo de papel escritas dos siglos antes, pero no existían en la práctica…. Queda mucho por recorrer, pero hemos avanzado. Y seguiremos haciéndolo.

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  • Lunes, 22 Febrero, 2016

     

     

     

    Brooklyn, una de las ocho candidatas al Oscar a la mejor película en este 2016, es una discreta lección de cine. Virtuosa adaptación de la novela de Colm Tóibín, el director, John Crowley, y la actriz, Saoirse Ronan, logran situar al espectador en el punto de vista, las dudas y las expectativas de la protagonista. No estamos acostumbrados a visualizar guiones que nos impelen a comentarlos, a completarlos a través de un diálogo inteligente e íntimo.

     

    Es esta una historia extraordinariamente simple en la superficie y compleja en lo personal: una joven irlandesa logra el apoyo de la Iglesia irlandesa en Nueva York para emigrar a los EE UU en los años cincuenta. La chica, una joven inteligente y sin oportunidades, deja atrás a su querida hermana mayor y a su madre, reciente viuda; su llegada al continente americano no será fácil, sumida en la nostalgia por su tierra natal.

     

    La cinta nos hace acompañar a Eilis Lacey en su progresivo acomodo a su nueva vida en Brooklyn, en la que las oportunidades y la ilusión comienzan a iluminar una trayectoria atractiva y propia. Una tragedia familiar la obligará a regresar temporalmente a Irlanda y, una vez allí, los tentáculos de la familia y la sociedad comenzarán a cernirse sobre ella de forma encantadora y asfixiante a la vez. Su ansiada vuelta a casa no será como ella había proyectado, pues el recuerdo de lo conquistado en América pesará como una opción por la que también desearía decantarse.

     

    La diatriba a la que se enfrenta la protagonista no es en absoluto fácil; la película demuestra que el acto de elegir siempre es una tesitura traumática y nada transparente. Elegir supone desperdiciar una inversión sentimental y temporal a favor de una esperanza, y esa esperanza necesariamente exige confiar en alguien. Elegir es saltar al vacío y arriesgarse a fracasar.

     

    Es raro encontrar guiones tan crudos y a la vez tan humildes. También lo es encontrar a directores capaces de obligar a nuestra percepción a evolucionar conjuntamente con la de los protagonistas. En este sentido, el trabajo de John Crowley y Nick Hornby (guionista adaptador) es simplemente sublime.

     

    Este filme resultará tan luminoso para unos como irritante para otros. Fascinará a quienes se han enfrentado a algún viaje –físico y emocional- y han regresado a su lugar de origen para encontrarse con que ya son alguien distinto, y con la certeza de que hay tantos posibles hogares como espacios en los que reconstruirse la propia identidad. Por otra parte, repugnará a quienes hayan tomado la decisión, aséptica y consciente, de reprimir la tentación de huir de los condicionantes heredados y de soñar con otras vidas posibles. Para éstos últimos, la heroína Eilis será un personaje egoísta y manipulador en vez de tierno y ambicioso. Ambos puntos de vista están presentes en la película, aunque sospecho que el corazón de las productoras, Dwyer y Posey, está en sintonía con la primera interpretación.

     

    “Te sorprenderás pensando en algo o alguien que ya no tiene conexión con el pasado, que es solo tuyo. Y comprenderás que es ahí donde está tu vida”. En este credo, que resume la experiencia inmigratoria sobre la que se ha levantado el país de los Oscars, se condensa la peripecia de esta película.

     

    Brooklyn se estrenará en España el 26 de febrero, dos días antes de la ceremonia de entrega de los premios de la Academia del Cine estadounidense.

     

    BROOKLYN con Saoirse Ronan - Tráiler Oficial en español [HD]

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  • Jueves, 31 Diciembre, 2015

    Fotograma de la película Steve Jobs (2015)

    Steve Jobs (2015), la última película de Danny Boyle con guión de Aaron Sorkin, es una nueva muestra del dominio narrativo de ambos y de la maestría interpretativa de Michael Fassbender en el papel del genio informático. Tras el exitoso precedente de La red social (2010), el productor Scott Rudin logró sacar adelante el guión de Sorkin pese a perder a David Fincher como primera opción para dirigir el filme -los correos filtrados de Sony pusieron de manifiesto el boicot que Angelina Jolie desplegó con el objeto de contar en exclusividad con su amigo Fincher para su largamente esperada Cleopatra-.

    La película de Boyle, Sorkin y Fassbender ha venido precedida por el insulso biopic sobre el mismo personaje protagonizado por Ashton Kutcher hace solo dos años. Aquella fallida obra de Michael Stern (con guión de Matt Whiteley) ha sido sin duda el gran enemigo para el reciente estreno de Steve Jobs: no importa cuán fascinante sea la figura del creador de Apple para sus coetáneos, los errores de la anterior película quedan aún demasiado cerca en el tiempo y en la retina de todos, por lo que la actual versión despierta seguramente algo de pereza en sus potenciales espectadores.

    Sin embargo, a pesar de estos malos precedentes, es imprescindible dejar claro que quien se anime a ir al cine para ver Steve Jobs encontrará una película fascinante, una historia en la que el guionista, el director y el actor principal logran aunar las facetas publica e íntima del héroe mediante una audaz estrategia que imita la estructura de Un cuento de Navidad de Charles Dickens.

    Transcurridos diez minutos de metraje, el espectador tiene ya la sensación de que lo que está viendo parecen más bien ser los recuerdos de la vida de alguien que está muerto. Ver Steve Jobs es tener la misteriosa certeza de asomarse a una reminiscencia de ultratumba, la de un hombre extraordinario que se deleita, antes de su extinción definitiva, en los tres momentos clave de su aprendizaje de la vida, en esos tres momentos iniciáticos que resumen su trayectoria y que le permitieron dominar el arte de la existencia: la exhibición del Macintosh Lisa en el año 1984 (Lisa es el nombre de su primera hija, si bien éste inventó ad hoc el acrónimo “Local Integrated System Architecture” para justificar el nombre); la del estilizado y (vacuo) ordenador Next cuatro años después, tras la despiadada expulsión de Jobs de Apple por parte del CEO nombrado por él mismo; y, como síntesis de los dos actos anteriores, la ya legendaria presentación en sociedad del IMac en 1998.

    El primer bloque de la película adelanta la dinámica que se reiterará sin monotonía en los tres actos: un Steve Jobs entre bastidores se enfrenta a los fantasmas del pasado en los minutos previos a la puesta de largo ante la prensa de Lisa, su primera obra magna. Ya aquí aparece al corifeo que le acompañará toda su vida, representado por los puntales que cuadriculan su andamiaje psicológico.

    El personaje más plano y más conocido para la audiencia es probablemente Steve Wozniak (interpretado por un comedido Seth Rogen), el cual encarna a quienes rodearon al genio observándole, admirándole, odiándole y aplaudiéndole sin terminar de comprenderlo, como quien ama y teme a un dios indescifrable. En segundo lugar, Kate Winslet da vida a Joanna Hoffman, la leal e inquebrantable asistente personal de Jobs y la testigo fraternal que cualquiera necesitaría a su lado para sobrellevar el infortunio. Esencial para comprender al protagonista es también John Sculley (Jeff Daniels), el CEO que representa la figura del padre subrogado que Jobs eligió para sí mismo (no es casual que la cinta recoja el momento en el que éste le revela la identidad de su padre biológico) y al que de algún modo llevó a traicionarle en su edípica necesidad de anhelar, odiar y matar al padre que en realidad nunca tuvo. Y, por último, Lisa Brennan, la hija de Jobs (interpretada por diferentes actrices en sus tres edades), que aparece como un aviso o un recuerdo persistente de la mortalidad, la finitud a la que ninguna innovación, por muy rompedora o visionaria que sea, podrá hacer frente; Lisa es más que el nombre de una gran computadora de Apple, es el precio sentimental que la dedicación de Jobs tuvo que pagar a costa de sí mismo, a costa de la carne de su carne, a costa de esa hija a la que tantos años le costó admitir primero, más tarde apreciar y, por último querer.

    En esta original estructura basada en una suerte de aproximaciones sucesivas de prueba y error, se asiste a la evolución de  Steve Jobs desde la identidad de un perfecto Mister Scrooge –orgulloso, ególatra, insensible y capaz de humillar el amor incondicional de su hijita de seis años-, hasta la de un hombre desapegado de los bienes terrenales y purificado de su obsesión por dejar un rastro indeleble en la Tierra.

    Es en el momento sublime en el que Jobs está a punto de tocar la gloria con su IMac cuando el hombre –no el creador- pone al mundo en suspenso y decide dedicar a su hija, por fin, unos minutos preciosos de entrega y amor en la azotea de la sede de Apple.

    Esos minutos sublimes dotan de sentido a la película y la vida de Steve Jobs, y saben a eternidad.

     

    STEVE JOBS - Tráiler Mundial 1 (Universal Pictures)

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